Scriptorium: “Persia”. Escribe Diego Citterio

ميرم از اين پس كه من زندهام
كه تخم سخن را پراكندهام
En 2003, cuando los bombardeos sobre Bagdad abrían una nueva guerra en Oriente Medio, Eduardo Galeano escribió una columna que hoy vuelve a leerse como una advertencia. “¿Creerá Bush que la civilización nació en Texas y que sus compatriotas inventaron la escritura?“, se preguntaba. Y enumeraba, casi como quien abre un viejo atlas de la memoria humana, los nombres de Nínive, Babel, Babilonia, Bagdad. Ciudades que existían mucho antes de que la geopolítica contemporánea aprendiera a pronunciar la palabra petróleo.
Volver a ese texto hoy produce una sensación extraña: la de asistir, otra vez, a una escena conocida. Las guerras del siglo XXI parecen tener algo de repetición, como si la historia avanzara con la obstinación de un eco.
En estas semanas, distintas voces en el mundo han vuelto a pronunciar una consigna que parecía pertenecer a otro tiempo: No a la guerra. Entre ellas, el presidente español Pedro Sánchez, el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y el papa León XIV. En distintos registros -político, diplomático o moral- todos han advertido lo mismo: cada nueva guerra en Oriente Medio abre una herida que el mundo tarda décadas en cerrar.
Mientras tanto, la Argentina parece moverse en una dirección distinta. El gobierno ha preferido deslizarse hacia una posición de apoyo a la ofensiva estadounidense-israelí contra Irán, repitiendo un gesto que ya conocimos en 1990, durante la Guerra del Golfo. Como si, en la política internacional, el pasado regresara siempre bajo la forma de decisiones que creen ser nuevas.
Irán -la antigua Persia- es una de las civilizaciones más antiguas que aún respiran en la historia del mundo. Sus raíces se hunden en más de 4.000 años de memoria. Ciro el Grande, Darío, Persépolis: nombres que sobreviven en los manuales escolares, pero que alguna vez designaron un imperio que conectaba el Mediterráneo con Asia Central.
En ese territorio nacieron lenguas, religiones, rutas comerciales, mitologías. Allí se escribió una de las grandes epopeyas de la humanidad: el Shâhnameh, el Libro de los Reyes, que durante siglos preservó la memoria persa frente a invasiones, conquistas y dinastías que se sucedían como estaciones.
En el siglo XX, una revolución volvió a transformar ese paisaje histórico. La caída del Sha en 1979 dio lugar a la instauración de la República Islámica y al régimen de los ayatolás, una teocracia que reorganizó el poder político iraní durante más de cuatro décadas bajo la autoridad de Ruhollah Jomeini primero y de Alí Jamenei después.
Pero las guerras raramente se explican por la historia de los pueblos. Se explican, más bien, por las decisiones de los Estados.
El historiador Eric Hobsbawm escribió que la invasión de Irak en 2003 fue “un ejemplo de la frivolidad con que se toman algunas decisiones en Estados Unidos”. No hablaba de una frivolidad superficial, sino de algo más profundo: la convicción de que el poder militar puede rediseñar regiones enteras del planeta como si fueran un tablero.
Veinte años después, esa misma lógica vuelve a asomar en el horizonte. Pero el mundo ya no es el de 2003. Las potencias emergentes observan con paciencia estratégica los movimientos de un poder que durante más de dos siglos se acostumbró a decidir el destino de otros.
Mientras tanto, nosotros miramos las imágenes que llegan desde las pantallas: misiles que atraviesan la noche, ciudades reducidas a polvo, niños rescatados entre los escombros. La guerra siempre produce las mismas escenas; lo único que cambia es la velocidad con que las vemos.
Tal vez por eso las guerras modernas tienen algo de espectáculo global: todos somos espectadores, pero casi nadie tiene la posibilidad de intervenir en la escena.
Sin embargo, hay algo que todavía puede hacerse.
Recordar.
Recordar que Persia existía cuando Europa aún era una geografía incierta.
Recordar que las civilizaciones no se construyen en los campos de batalla sino en las bibliotecas, en los poemas, en las ciudades donde las lenguas se mezclan y las historias se transmiten de generación en generación.
Y recordar también algo más simple, aunque a veces parezca olvidado en la política internacional: que cada guerra empieza con una decisión humana.
Por eso, frente al ruido de los misiles y al lenguaje frío de la estrategia, conviene repetir una palabra antigua que durante siglos fue el comienzo de toda civilización.
Paz.
*- Por Diego Citterio
Historiador. Docente e investigador universitario
Fuente: www.lavozdejujuy.com



